(Por Alberto Pinzón Sánchez)
Argenpress, 24 de junio.- Nada personal me enfrenta al tantas veces condecorado veterano del ejército colombiano, general Álvaro Valencia Tovar. Tengo respeto por su persona y si en algún momento de la controversia periodística (porque él también es columnista), se ha sentido ofendido por lo que en honor a la verdad he escrito, le pido disculpas.
No lo hago bajo el miedo de sus últimas amenazas lanzadas el 19 de junio desde su trinchera mediática en el diario El Tiempo-Planeta y que de hecho son para tener en cuenta. Lo hago porque también en honor de la verdad, nadie mejor que él personifica, encarna, simboliza, representa, personaliza, o simboliza socialmente los últimos 60 años del desarrollo del actual conflicto social armado de Colombia. Y eso si que es irrenunciable.
Vi por primera vez al general Valencia Tovar siendo yo un adolescente en la polvorienta y larga calle real de mi pueblito viejo Puente Nacional, poco después de la masacre que realizara en la calle de la cantarrana el bandolero conservador Efraín González de los miembros del directorio liberal municipal.
Venía acompañado de una pomposa y gran comitiva, como máximo comandante de la brigada de Bucaramanga, en un yip Willis descapotado y que la gente llamó de Min-guerra; vestido con su característico traje caqui de manga corta, repartiendo sonrisas y saludos a quienes ignorantes salimos a hacerle calle de honor.
Dio una vuelta a la plaza, habló unos minutos con el teniente Salcedo Lora quien comandaba el puesto militar del pueblito y a continuación continuó con su comitiva hacia el conocido hotel de “Aguablanca”, en donde las “fuerzas vivas” de los gamonales liberales y conservadores de la región, le tenían preparado el agasajo político.
El clima del pueblito era como lo dijo el precursor Antonio Nariño, embriagador y el aire susurraba en las hojas de los árboles de la plaza. ¿Cómo olvidarlo?
Poco después, en el colegio de Ramírez (km 20 carretera central del Norte) durante el curso de cátedra Bolivariana, discutiendo el excelente texto básico de Indalecio Liévano sobre Nuestro Padre Libertador, me volví a encontrar con sus emocionales y reducidoras ideas sobre el “genio guerrero” de Simón Bolívar, que luego publicaría como libro.
Por aquel entonces el “monito” (rubio) Valencia como lo llamaban cariñosamente en la casa Santos, ya era un glorioso militar de la república que combinaba magistralmente la pluma con la espada, con una hidalguía preclara heredada de nuestros ancestros españoles. ¡Oh gloria inmarcesible, Oh júbilo inmortal!
Mi tercer encuentro con la sombra del general, vino ya en 1967 en la Universidad Nacional en dos conmemoraciones: Una 15 de febrero, primer aniversario de la muerte de nuestro maestro y capellán universitario Camilo Torres Restrepo, a manos del propio general en el extraño combate de patiocemento y luego la desaparición de su cadáver en la sede de la brigada de Bucaramanga que él comandaba.
La otra el 8 y 9 de junio, día de los estudiantes colombianos en donde además de la masacre estudiantil del gobierno de Abadía Méndez en 1929; se conmemoraba la masacre de 12 estudiantes muertos y 40 heridos, ocurrida en 1954 la carrera séptima con calle 13 de Bogotá, en una emboscada premeditada ordenada por el Dictador Rojas Pinilla y sus ministros militares general Gabriel París como ministro de Justicia y el general Duarte Blum como comandante del Ejército.
Y realizada por el famoso Batallón Colombia recién llegado de la guerra Yanki contra el pueblo Coreano que en ese momento estaba comandado por el entonces mayor Valencia Tovar, y que tal como lo dijo el comunicado oficial, estaba destinada a “destruir una conjura comunista-laureanista contra el gobierno legítimante constituido del general Rojas Pinilla”. ¿Será posible mayor impostura?
El periodista Carlos J. Villar Borda se encontraba de cerca de aquella masacre estudiantil conversando con el jurista demócrata Apolinar Díaz Callejas y a pesar del descuido de los historiadores para identificar al comandante del batallón quien pistola en mano ordenó abrir fuego contra los indefensos estudiantes, pudo dejar constancia personal en su libro: La Pasión del periodismo, entre la verdad y la mentira” U. J. Tadeo Lozano 2004. Pag 185.
Como también pudo describir la otra masacre en la cual participó el ya comandante de la Policía colombiana mayor Valencia Tovar, el 5 de febrero de 1956 en la plaza de toros de Bogotá, ordenada también directamente, por el Dictador Rojas Pinilla desde su finca de recreo en la base militar de Melgar. (Pag 193).
Y así, la sombra del general se me interponía y en todos los episodios de la historia colombiana en donde había una acción militar y de guerra contra el comunismo, el general se me aparecía: Bombardeos y toma de Villa Rica-Tolima. Reconquista del Sumapaz. Operación contra las “repúblicas comunistas” de Marquetalia, el Pato y Riochiquito. Destrucción del levantamiento del profesor de medicina Tulio Bayer en el Vichada.
Muerte de Camilo Torres y cerco de Anorí, ect. Seguidas de la correspondiente columna periodística Clepsidra en el diario El Tiempo, que por aquellos años no era de la multinacional Planeta.
Su biografía resumida y publicada en internet por el Strategic Studies Institut of The US Army War Collegy dice: …“Él tiene una extensa experiencia en resolver disturbios civiles e insurgencias organizadas como comandante de Batallones y de Brigadas y operaciones armadas G-3 (planeacion, operaciones y entrenamiento).
El general Valencia Tovar fue Director de la escuela Militar de cadetes. Colegio de guerra de las Fuerzas Armadas de Colombia, y de la Escuela de Infantería. Promovido a general en 1974-1975. En 1951-1952 Sirvió en la guerra de Corea y en las fuerzas de pacificación durante la crisis del canal de Suez en 1956.
También fue jefe de la delegación colombiana a la junta interamericana de defensa en Washington. Ha publicado 11 libros, entre ellos seis volúmenes sobre la historia de las Fuerzas Armadas colombianas”.
Sin embargo, una verdadera biografía del general que refleje la sangre y el dolor que hay detrás de todas estas condecoraciones y logros que se publicitan en internet, está aún por esclarecerse por los investigadores. Así que me atrevo a creer que es el veterano general quien debería pedir públicamele varios perdones a la vez:
1 - Al pueblo coreano quien nunca ha ofendido ni de palabra ni de obra a nosotros los colombianos y él bajo órdenes de altos militares norteamericanos (lo que se denomina en sociología Cipayismo), fue a causarles dolor y muerte. No se sabe cuantos.
Y no solo eso, sino que también en esa humillante guerra AJENA, que él califica de gloriosa, murieron 130 soldados colombianos, 448 fueron heridos irreparablemente, 69 desaparecieron y 28 fueron hechos prisionero y tuvieron que ser CANJEADOS posteriormente por otros prisioneros coreanos.
2 - A la comunidad católica colombiana por haber desaparecido para siempre y sin dejar rastros, el cadáver de un sacerdote ejemplar, quien así hubiera muerto en rebelión, merece una cristina sepultura.
3 - A los estudiantes colombianos de todos los tiempos, por la masacres del 8 y 9 de junio de 1954, a manos del batallón Colombia. Pues si bien es cierto que el comandante directo de esa acción no está plenamente identificado, sí está plenamente establecido que fueron tropas bajo su jurisdicción y mando.
4 - A los Demócratas colombianos que protestaron y silbaron al dictador Rojas Pinilla aquel 5 de febrero de 1956 en la plaza de toros de Bogotá, y fueron miserablemte apaleados, heridos y matados por la Policía que Valencia Tovar comandaba.
5 - A todos los campesinos y trabajadores que cayeron bajo las bombas y la metralla en todas las innumerables operaciones contrainsurgentes comandadas directamente por él, y que fueron arriba mencionadas.
6 - A los familiares de aquellos trabajadores y campesinos de Colombia y en fin a los millones de víctimas y desplazados por la guerra anticomunista, que cumpliendo órdenes de una potencia extranjera le impuso al pueblo colombiano, como parte de ese pacto de sangre y dominio Oligárquico-Imperial firmado en la guerra de Corea y que fue continuada por todos sus aventajados alumnos, como Camacho Leiva, Landazábal Reyes, Yanine Díaz, Harold Bedoya, Rito Alejo del Río, Millán, Uscátegui, Orlando Carreño ect.
Ahora entiendo mejor el significado de las palabras de Marulanda Vélez, aquel formidable rival militar suyo a quien no pudo derrotar en 60 años con su contrainsurgencia Yanki aprendida en Corea, ni ordenar la desaparición de su cadáver como lo hizo con el sacerdote Camilo Torres; cuando les escribió a sus generales: “Es hora de que entre militares nos sentemos a conversar”•
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