Recibido de Javier Arjona corresponsal de Prensa Indígena, 29 de junio.- Notas de Juan Cendales. La Corte Suprema de Justicia decidió asumir su papel. Apoyada en la constitución y la institucionalidad persiguió a los bandidos que debe perseguir. Los investigó, allanó pruebas, escuchó testigos, los escuchó a ellos y entonces decidió encauzarlos y encerrarlos.
Pero resultó que los bandidos eran amigos, familiares, socios y compadres del alma del presidente de la república. Entonces el presidente, adalid de la justicia, cruzado de la moral y apóstol de la honradez se puso furioso. Se llenó de cólera. Pero no contra los bandidos. Sus amigos. Sino contra la justicia.
Luego esta, la justicia, al encauzar a una de las bandidas dictaminó que la elección del presidente había sido cosa de bandidos. O sea que el presidente era ilegal. Ilegítimo. Como sus amigos. Entonces el presidente insultó a la Corte. Les dijo cuanto vituperio pasó por su desaforada cabeza y por su desmedida y viperina lengua.
Que parece lengua de bandido y no de presidente. Y decidió el presidente organizar unas nuevas elecciones. Que deben ser avaladas por el Parlamento. Donde sus amigos aún conservan mayorías. Mientras no vayan a la cárcel con el resto de los bandidos.
Todo esto sucede, obviamente en Colombia. En el país del sagrado corazón de Jesús y la Virgen del Carmen. Y también de los bandidos. Pero hasta en este macondiano rincón del mundo, no hay bandidos que gobiernen cien años ni pueblo que se los resista.
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